¿Cambiamos el mundo o el mundo nos transforma?

26.06.2020

De joven me recluía durante horas en una habitación y, rodeada de amigas, conversaba extensamente -teorizando- sobre las transformaciones que necesitábamos hacer en el mundo. Un día mi padre irrumpió en la habitación durante una de estas conversaciones y, sin saber lo que allí se cocinaba, me dijo: ¿Qué, intentando cambiar el mundo? Me sorprendió su pregunta y su ironía al formularla, ¿porqué sabia que yo quería cambiar el mundo? ¿acaso él habría querido hacerlo también alguna vez? Por el tono de su voz intuí una respuesta implacable: el mundo no puede cambiarse.

Aún hoy me pregunto si alguna vez podremos cambiar el mundo, creado y sostenido por la propia humanidad. Siempre he creído y sigo creyendo que el ser humano evolucionará hacia una conciencia mayor de sí mismo y un amor inconmensurable hacia el planeta; que nuestra propia evolución será el acicate para hacer los cambios en el mundo. Pero también me he planteado que, quizás y dada la lentitud con que evolucionamos conscientemente, el mundo creado por la humanidad no tiene visos de transformarse realmente. Entonces, mi pregunta es y sigue siendo ¿cambiamos el mundo, o el mundo nos transforma? Es decir, venimos muchos de nosotros con el impulso y el deseo de un mundo mejor, con un proyecto de vida gestado antes de nacer que nos ocupe en esos cambios tan anhelados; pero mientras vamos haciendo algo por la causa, la realidad es que, es el mundo, el que nos da la posibilidad de transformarnos. Entonces, quizás el propósito esencial de la conciencia humana no sea tanto cambiar el exterior sino su propio interior.

Tenemos la gran suerte de habitar y disfrutar de un planeta abundante, bello y amoroso; pero también tenemos la contrariedad de construirnos en él un mundo escaso, competitivo y bélico, con unos pilares fuertes donde el egoísmo y la supremacía de unos pocos opaca un instinto fraterno de búsqueda hacia el bien común; instinto que legitima el constante esfuerzo de muchos humanos por mejorar nuestro propio mundo compartido. Pero, o bien, hay cambios imposibles, o la lentitud del proceso invisibiliza los resultados buscados en el presente. El caso es que, cuando parece que algo esencial vamos cambiando, todo vuelve nuevamente a su mal acomodado sitio. Por eso me planteo hoy si este no será un mundo escenario donde podemos llevar a cabo nuestras propias transformaciones; si, con el impulso evolutivo de querer cambiar el mundo, conseguimos que el mundo nos transforme a nosotros. Quizás nuestro planeta guarda en su interior un secreto bien custodiado por conciencias muy evolucionadas que juegan con la incertidumbre de las grandes verdades que, por no desvelarnos, tendremos que descubrir. Quiero decir con esto que quizás nunca lleguemos a saber si el mundo será el mejor lugar para todos, porque el gran proyecto es que nuestro propio mundo se transforme bajo el influjo del amor propio conseguido, y el gran amor que emana del planeta. Quizás este sea el gran juego, la Tierra como plataforma para descubrirte, para cambiar aquellos aspectos poco evolucionados que detienen tu evolución en el universo. Porque, pensad una cosa: nadie se apropia realmente del planeta, no hay conquista de la Tierra ni por ideologías, creencias, ni riquezas: todos nos enfrentamos en este gran juego a llegar hasta la ultima casilla, entregando las fichas con las que jugamos. Y lo único que vas a llevarte es la energía del triunfo o la derrota ¿La vida humana te ablandó lo suficiente como para transformarte en una mejor persona, en una mejor conciencia; o te dejó duro y enfadado porque no pudiste llevarte nada material de aquí? La muerte es la casilla final, la gran maestra que subliminarmente nos cuenta aquello que quizás custodien las grandes conciencias de la Tierra.