A Tiempo

05.06.2020

La madurez no viene con los años sino con la sabiduría que otorga la experiencia de llegar a ser autorreferenciales. Tomar decisiones sin sentirse presionado por lo que se considera bueno o malo de una manera absoluta, nos hace flexibles pero nunca ingenuos, ya que nos ayuda a madurar en las formas de abordar los desafíos que la vida nos plantea tan a menudo. Puedo decir tranquilamente que quiero lograr que nada ni nadie me arrebate el estatus quo que mi bienestar interno me concede. Este ha sido el logro de aprender a quererme cada día un poco más y saber apreciar las cosas del momento, así como el momento de cada cosa. Todo en la vida tiene un lugar, pero siempre es el lugar que queremos darle. Pronto seré sexagenaria y me pregunto acerca de cuánto he ido madurando a fuerza de acierto y error. Ahora me parece que han sido muchos mas los aciertos que los errores que, en tiempos, tenían tanto peso. De lo que jamás me arrepiento es de haber sido valiente, ni de saber esperar con prudencia en mis acciones y palabras. El sentido del respeto lo tengo tan valorado como desarrollado el equilibrio y la sensibilidad que siempre me satisfacen. Estoy dispuesta a sacudirme del pecho a la infanta que se esconde por miedo a la muerte, a esa que atenta contra mí cada vez que la vida me luce alegremente - pronto será solo un espejismo del recuerdo de haberla creído suficiente -.

La vida insiste en traerme de vuelta lo que preciso conocerme, y utiliza para ello a los mejores títeres del escenario, los más importantes e influyentes en mi mundo mental y emocional. Estoy aprendiendo acerca de mi poder personal, de la necesidad de darle el lugar y el espacio adecuado, de sentirme digna del amor y el respeto que merezco, de conocer el triunfo por encima de la derrota. Estoy aprendiendo lo que ahora me toca aprender, y tengo a mi favor el tiempo.