Cerrar etapas

14.08.2020

La eternidad participa de un movimiento vital en el que los principios y finales de las cosas son parte del continuo evolutivo donde todo se transforma. A pesar de saber que los cambios son intrínsecamente universales y constantes en el flujo de la vida, los seres humanos vivimos apegados a todo lo que creemos poseer, cuando solo nos llevamos lo esencial de cuanto experimentamos en nuestra vida. La vida humana es una de las mayores experiencias de desapego que he conocido pues en un corto espacio de tiempo debemos desprendernos de todo lo materialmente vivido. Si soltar el sufrimiento viene siendo una tarea casi imposible para la población mundial dado el nivel de apego y dependencia emocional al mismo, no digamos ya desprenderse de lo que nos dio felicidad y buenos resultados. Cerrar etapas y soltar para abrir un nuevo espacio de vida es el preámbulo para avanzar hacia nuevas metas. Pero quizás no se haya entendido todavía la dinámica de la evolución natural, y mucho menos de la evolución de la conciencia. Si venimos a la Tierra a incorporar la energía de amar en un acto experimental y consciente, ¿no resulta totalmente innecesario retener eternamente el contexto donde vivimos, aprendimos y amamos? ¿y mucho más aún el contexto en el que generamos sufrimiento?

Si no cerramos etapas no culminamos en nuestro aprendizaje y entonces la creatividad se apaga y nos quedamos - aunque en un lugar aparentemente seguro-, nos quedamos repitiéndonos a nosotros mismos. Cerrar ciclos de experiencias, aprendizajes y logros es lo que más enriquece nuestro universo interior y lo que más aporta al Universo pues es la mejor forma de no generar residuos y abrir, a cambio, nuevas brechas de conocimiento. A veces, incluso, este proceso de culminar un ciclo nos lleva a una etapa de vacío interno que hay que traspasar sin pretender llenarlo de nuevo con lo viejo y conocido, hasta franquear sin miedo sus fronteras y esperar atentamente a lo inesperado que la vida, y el trabajo interior bien hecho, nos traiga.

Hace unos años tuve la necesidad de cerrar mi etapa como madre, una experiencia de muchas vidas que sabía ya no volvería a tener nunca más. La emoción se apoderó de mí, pues había sido una experiencia hermosa; y tuve que pasar mi duelo. Pero de ahí surgió una capacidad de amarme, cuidarme y protegerme que antes no tenía y que a través de la maternidad había podido experimentar. Los hijos, entre otras cosas, nos devuelven generosamente y de manera inmediata todo el amor que depositamos en ellos. Desprenderme de tan bello deseo me ayudó a integrar el principio del amor que es el amor a uno mismo y me abrió un nuevo horizonte de vida en el que el compromiso ahora es fundamentalmente conmigo. 

La experiencia de ser madre la guardo dentro de mí y sé que voy a sacarle evolutivamente mucho partido.